lunes, 8 de julio de 2019

Dedicado a todos aquellos que quieren ir a una posicion electiva: Consejos de don Quijote a Sancho Panza sobre su empleo de gobernador


14.1. Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.

14.2. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.

15. —Así es la verdad—respondió Sancho—, pero fue cuando muchacho; pero después, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé, que no puercos. Pero esto paréceme a mí que no hace al caso; que no todos los que gobiernan vienen de casta de reyes.

16. —Así es verdad—replicó don Quijote—; por lo cual los no de principios nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa de quien no hay estado que se escape.

16.1. Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate mas de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Inumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.

16.2. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

16.3. Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y regalar; que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada.

16.4. Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala, y desbástala de su natural rudeza; porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta.

16.5. Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla; porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida.

16.6. Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos.

16.7. Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.

16.8. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre.

16.9. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.

16.10. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.

16.11. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlos en la verdad del caso.

16.12. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más veces serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa de tu crédito, y aun de tu hacienda.

16.13. Si alguna mujer hermosa veniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.

16.14. Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones.

16.15. Al culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia, que el de la justicia.

16.16. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte, en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma; escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.

Fuente

martes, 25 de junio de 2019

Yin Yin, El genesis


El génesis

La comunidad de Gualey es una humilde comunidad del Distrito Nacional de la Republica Dominicana, data de mediado del siglo XX, por allá durante la dictadura de Trujillo. Se dice que sus habitantes originales residían en lo que hoy en día es el Ensanchez Luperón, y que fueron reubicado en esta margen del rio Ozama porque donde residían que era un lugar llamado Faris, allí se fabricarían unos apartamentos para militares. Con el paso de los años esta zona se fue poblando por personas que escasos recursos. Estos predios pertenecían a la familia del Sátrapa que los tenían ocupados por vaca, cerdos y caballos.

Hacia el 1957 la comunidad de Gualey fue incluida dentro de los planes de urbanización del dictador y se les comenzaron a establecer los servicios propios de estas comunidades, calles, los espacios de las aceras, agua, etc.

El rio Ozama para la época era una hermosura, con aguas limpias no contaminadas, con arbustos y follajes en todas sus riberas que lo hacia envidiable. Por la década de los 60 su población fue engrosada por personas humildes de nuestros campos que venían a buscar vida en la capital y que se ubicaron más a la orilla que los pobladores originales tomando las aguas del rio como desagüe natural de todos los quehaceres humanos. Contaminando todo el lugar.

Es de recordarse que el día que ajustician al dictador, precisamente esa tarde había visitado la base de San Isidro  y cuando pasaban por el puente Duarte detuvo el auto presidencial y al observar la gran cantidad de ciudadanos que venían ocupando la orilla del rio Ozama ordeno que en los próximos días fueran desalojados de allí.

En este sector se habían asentado muchos militares que no habían podido ser ubicados en Faris, que con la esperanza de que algún día pudieran conseguir una de las casas que se fabricaron para los militares, pues vinieron a vivir a Gualey para estar en las proximidades, es de esa manera que luego de pasada la guerra civil el cabo del ejército Juan Orlando González  viniese desde la provincia de la Vega Real a vivir aquí.

El cabo González, oriundo de Santiago de los 30 caballeros, se habría enlistado en el ejército a mediados de la década de los 50 rehuyendo a las tareas del campo y además el prestigio de la institución de donde había salido el dictador. En esos años tan solo de tener el uniforme militar era una vía para hacer camino en la vida. Es por ello que muchos jóvenes veían en el ejército una vía  para poder resolver su vida y la de su familia. El cabo González era una persona de mediana estatura, de tez blanca, pelo lacio recogido hacia atrás y un temperamento de los mil demonios.

Cuando el estallido de la guerra civil, González decidió participar del lado del CEFA, los militares anti constitucionalistas. Estos militares fueron los que bombardearon  las zonas urbanas ocupadas por los constitucionalistas y ametrallaban la población con armamentos pesados, incluyendo tanquetas de guerra. Una de ella era manejada por el cabo. Tras terminada la guerra civil no soporto regresar a la Vega a donde se había mudado desde Santiago porque lo habían trasladado a la dotación del ejercito de esa provincia

Desde la Vega es que el cabo González llega al sector capitalino llamado Gualey. No había podido conseguir un solar, pero mientras tanto alquilo una pequeña casa de madera vieja. Era un pequeño rancho  de dos habitaciones malolientes y una letrina en el patio que utilizaban 6 casas. La utilización de este baño era sumamente incomodo por el hecho de lo anti higiénico, pero también por las cantidades de personas que se asistían allí.

El cabo Gonzales estaba emparejado en unión libre con una jovencita oriunda de la comunidad de Salcedo. Ella apenas contaba con 16 años de edad. Era una chica bonita de pelo castaño y lacio. Su cuerpo se dibujaba perfectamente en sus humildes vestidos propios de su condición económica. Venia de una familia muy humilde, como eran las mayorías de las personas de esas comunidades campesinas. Griselda María  De la Cruz, que era como se llamaba la mujer del cabo González, era la más pequeña de ocho hermanos. La mayor había muerto años atrás y de los siete que quedaban solo uno era varón.

La vida de Griselda al lado del Cabo González era muy difícil por lo violento y autoritario que era este, pero como chica enamorada, analfabeta y con deseo de salir del lado familiar en donde no había de nada, esta era sumisa a las exigencias del marido. Viviendo en Gualey había quedado embarazada de su primer retoño. Ambos estaban bien ilusionados con la llegada de su primer bebe. Pero a pesar de eso los maltratos a que era sometida la mujer no se detenían.

En uno de esos días de embarazo, teniendo Griselda cinco  meses de gestación,  pasó uno de sus peores momentos. Estaba sentada frente a la casa con una vecina amiga, conversaban de lo cotidiano del barrio. Su amiga era muy jovencita y hermosa, una chica oriunda de San Pedro de Macorís; Rubia con unos tremendos labios carnosos, un cuerpo delgado escultural, coqueta, era muy perseguida por los sedientos enamorados. Precisamente uno de ellos que estaba en el colmado de la esquina le había estado enviando cervezas en plan de conquista.  

El enamorado de Karla, que era como se llamaba la rubia petromacorisana, como todo un galán conquistador, entendiendo que estaba seguro se dirigió a concretizar su pesca se acercó hacia donde las amigas parlanchina y creyéndose dueño de la situación se sentó allí cerveza en manos. En principio Griselda se preocupó pensando en su marido y en los maltratos a que era sometida, pero el no estaba allí ahora y quizás no pasaría nada.

Alrededor de los parlantes se distribuían varias botellas de cerveza, pero las cosas comenzaron a complicarse con la llegada de un amigo de la enamorada de la rubia. Todos reían con verdadera ganas bajos los efectos de la bebida alcohólica. Griselda en su condición solo tomaba jugos. La cosa se ensombreció cuando repentinamente llego al lugar el marido de Griselda. Esta palideció, sabía que las cosas no terminarían bien. La expresión en el rostro del Cabo Gonzales no era nada agradable y su próxima acción no dejaba pensar nada bueno. Los que estaban allí cerca quedaron sordos por el estallido de algo que provoco que muchos salieran corriendo y otros rodaran por el suelo. La tragedia había llegado