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Lupa (septima entrega)



José de la Virgen  de las mercedes  Fernández Sierra, era un hombre  de  tez blanca, calvo, rechoncho, con una enorme barriga que provocaba que se le viera más pequeño de tamaño de lo que era. Los chicos se burlaban  llamándole  despectivamente “Don Barriga”, aunque realmente le apodaban “Don  Pepe”. Dicen que sentía vergüenzas hasta de su nombre, por eso les decía a todos que se llamaba José Fernández.

Don Pepe era un señor muy religioso, ya se  lo había inculcado su difunta madre que antes de conocer al que luego sería su esposo estaba aspirando a ser monja. Obviamente no lo hizo, pero su fervor religioso se mantuvo siempre. Cuando le nació su primer vástago y fue el día de celebración de la Virgen de las mercedes, ya que había alumbrado varón, pues como quiera llevaría el nombre de la virgencita, para que Dios se lo cuide mucho.

Don Pepe  y Doña Pilar se habían criado juntos en la Fuente. Las familias se conocían muy bien. Habían ido juntos a la escuela. Se tenían un gran cariño y un gran respecto. El difunto esposo de Doña Pilar, Pedro, también se llevaba muy bien con Don Pepe. Cuando nació Pocho la pareja decidió que su padrino fuese Don Pepe. Este acepto gustoso. Mucho lamentaron cuando el señor José Fernández decidió mudarse con su esposa a la comunidad del Naranjo, Próximo a la provincia Peravia.

El Naranjo era una sección rural en las afueras de la provincia Peravia. Un lugar llena vegetación con grandes árboles frutales, principalmente el mango. Tierra de cultivos de tomates, ajíes y cebollas.

La casa de Pepe estaba en un recodo de una montaña que se elevaba majestuosa. Allí Pepe había hecho una construcción de madera  con cobija de cana donde se esparcían cuatro mecedoras, un pequeño comedero de cuatros sillas con  un espejo redondo en la sala, al lado de este había una vieja foto de los dueños de la casa en donde se notaba el retoque que le habían hecho.

La cocina estaba separada de la casa, era grande con un horno de ladrillos de barro alimentado con leñas seca. Habían desperdigadas varias sillas por allí para sentarse a charlar o a tomar el café. Tenían un gran patio donde había un abrevadero y cerca de este un lugar donde amarrar los caballos.

La casa quedaba cerca de  la carretera desde donde se podían ver las maquinas transitar y los comensales ir y venir a pie, a veces cargando algún saco de alimentos, otras veces en mulos, burros o caballos.

Esa mañana Pepe había salido hacia el conuco a las cuatros de la madrugada y ya a las nueve estaba de vuelta. Había ido a cosechar unos víveres, los cuales la esposa puso a hervir de inmediato, ya había ido a buscar huevo fresco al gallinero y el viejo agricultor también trajo naranjas para hacer jugo.

Estaba sentado en el porche de la casa tomando el café cuando allá  a los lejos vio a ese joven que se dirigía a la casa, le parecía conocido se dijo, además de darse cuenta que el chico venia cojeando agarrado a un palo y estaba vendado a la altura del muslo izquierdo

Ya no cabía duda, ese era su ahijado Pocho. Lo recibió muy feliz dándole un gran abrazo y llenándolo de preguntas que no recibían respuestas. La esposa de Don Pepe le decía que no molestara al chico que hablarían luego de desayunar.

Luego del desayuno se sentaron debajo de una enramada y comenzaron a dialogar:

La noche del robo Pocho escucho el disparo en la habitación, imagino que le habían dado a Gustavo, se dirigió a la puerta principal y por ahí salió huyendo. Cuando estaba próximo a la curva recibió un disparo y rodo, se puso de pie como pudo y continúo. Cruzo el rio por los montes y se dirigió a la casa de un rufián que conocía que estaba ahí próximo

Se imaginó que la policía lo estaba buscando. Su amigo lo curo y vendo, pero claro está, no podía sacar la bala. Le presto ropa y de ahí decidió auxiliarse a donde su padrino.

Le conto todo al padrino, quien mostraba mucha preocupación. Tenía una familia que nunca habían tenido problemas con las autoridades y esto se le escaba de control. No sabía qué hacer. No podía abandonarle, pero tampoco podía dejarlo allí.

Pensando en todo esto, como el relámpago en una noche de lluvia, apareció el camión de la policía. Se tiraron de este. El chico a pesar que estaba herido entro de prisa a la casa, se escudó con el cuerpo de la esposa del padrino, sacando un arma de fuego que le había conseguido el rufián que lo curo. En poco tiempo todo allí se llenó de policía. Habían hecho un cerco en la propiedad de Don José que no terminaba de salir del asombro. De pronto recordó que dentro de la casa esta su escopeta, pero algo peor, su hija menor todavía estaba en la cama.

Pocho trataba de cubrirse con el cuerpo de la señora, estando asi, detrás de ella, consiguió que cerrara la puerta. Al buscar cerrar la ventana lateral Pocho se descuidó un poco y uno de los policías entendió que ese era su momento de actual.



Continuara…

Humberto Guerrero










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