domingo, 13 de julio de 2014

HISTORIA: El Conde del Commander



El Conde ha sido materia prima de recreación literaria. Lo hizo Tulio M. Cestero en su magnífico fresco testimonial que es la novela La Sangre, el mejor retrato de nuestra vieja ciudad de finales del XIX e inicios del XX. Moscoso Puello le puso mayor precisión al inventariar familias y comercios en Navarijo, una sección comprendida entre 19 de Marzo y Palo Hincado que sancarleños, canarios y peninsulares poblaron con iniciativas empresariales.
Don Rafael Damirón recogió el sabor coloquial de la urbe en transición en sus cronicones de antaño. Los republicanos españoles dejaron sus impresiones de El Conde de los años 40 en textos literarios y memorias de una inmigración fructífera, que nos oxigenó con aportes culturales. Poetas han visto marchitar su estro, columpiándose entre los recuerdos acunados en una vía que transitaron eufóricos, cuando sus manifiestos eran divulgados como banderas de redención del hombre.
Efraím Castillo -nuestro entrañable Commander, escritor y publicista, camarada de sueños libertarios, amén de culto y estructurado pensador, ahora también agroempresario de ajo en Constanza- escribió una novela publicada en 1982, Curriculum (El síndrome de la visa). Cuya dinámica se centra precisamente en esa arteria, enjambre de la vitalidad democrática de la transición tras la dictadura. Estimulado por el llamado condeano, el Commander seleccionó y me envió algunos fragmentos, que me he permitido editar para disfrute de los lectores de esta columna. Pérez-Efraím es el personaje protagónico y la voz reflexiva del narrador, que nos zambulle en El Conde evocado entre finales de la Era y las décadas inmediatamente posteriores.
"Al llegar a La Cafetera, Pérez tomó asiento en una de las mesas próximas a la puerta de entrada y calculó que sólo gastaría -del dinero obsequiado por Julia- unos pocos centavos en un café y le llevaría el resto a Elena. Mientras aguardaba por el café, Pérez observó, pormenorizándolo todo, el escenario que le ofrecía La Cafetera: la barra gastada por mil limpiezas, las sillas y mesas de aluminio y formica, buscadoras de un art nouveau agotado, reciclado, recirculado y que, como todo, había llegado tardíamente al país. Junto a sus ojos, la nariz de Pérez olfateó el olor a humedad de la vieja construcción colonial que se mezclaba al aroma de café recién tostado. Sí, Pérez observó la operación que llevaba hacia la moledora los granos de café tostado y de ésta a la máquina del café espresso. La Cafetera estaba igual que siempre y llevó sus ojos hasta el fondo, donde el espacio se bifurca entre las puertas que conducen a los excusados y la del estudio-oficina de Dionisio, el pintor. ¡Qué poco cambiaban ciertas cosas!"     Lea mas

               

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